La seguna etapa del lavado de cerebro es la Persuasión para causar la incapacidad de pensar en forma independiente, por ejemplo,
 implantando impulsos sugestivos en la mente de la víctima. Todos estamos familiarizados con las técnicas "suaves" de persuasión
que se utilizan en las campañas publicitarias para influir en el comportamiento de compra de los consumidores, es decir, en su
toma de decisiones. En psicología social se denomina a esta actitud respuesta de conformidad grupal.
En el lavado de cerebro es importante identificar lo que se ha dado en llamar Sectas Destructivas (SD) en base a tres tipos
de actuaciones lesivas: en el campo psicológico, en el social y en el jurídico. Y la propuesta definitoria establecida hace algunos
años sobre una SD (Rodríguez, Pepe, 1984, 1989 y 1994), y que hoy está ya muy consensuada, obvia celosamente todo criterio
calificador que se base en considerandos religiosos, filosóficos, políticos o, simplemente, de orden moral, para apoyarse únicamente
 en criterios de defensa de los Derechos Humanos.
 

Las víctimas de lavado de cerebro suelen pasar desapercibidas y actuar "normalmente" mientras no se les

 toque el tema de la controversia. Es en ese momento en que se pueden apreciar todos o algunos de los

 siguientes comportamientos: sus respuestas son automáticas. Dan la impresión de ser como zombis,

 pues mientras hablan, sus ojos desorbitados, brillan y casi no parpadean. No utilizan argumentos de peso

 para mostrar sus desacuerdos y lo mismo vale para los argumentos que emplean para defender a su grupo.

 Hay una completa disociación con la realidad. A pesar de las evidencias, no las aceptan como tales.

Su convicción no es racional sino emotiva. No hay modo de hacerlos entrar en razón. Evitan el diálogo y

este es sustituido, generalmente, por la agresión o la descalificación de su interlocutor. Son susceptibles

 y fácilmente irascibles. Son personas que prefieren estar en compañía de aquellos que piensan como ellas

 y evitan el contacto con aquellas personas que pudieran hacerles poner en duda su manera de percibir,

pensar y sentir. De allí, que apreciemos el fenómeno, nunca antes visto en términos de diferencias de

opinión, de víctimas que prefieran renunciar a sus hijos y a su pareja, romper relaciones con familiares

cercanos y amigos y hasta renunciar al trabajo.

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