Muchos de los trastornos de conducta de los ancianos con demencia son debidos a la existencia de un dolor no diagnosticado ni tratado

 

En muchas ocasiones los gritos, gemidos y conductas agresivas de ancianos con demencia ocultan una situación

de dolor no manifestado verbalmente.

Bilbao, octubre de 2007.- Muchas personas mayores que tienen demencia gritan, tienen episodios de agresividad verbal y física hacia las personas que les cuidan y manifiestan otros tipos de conductas no habituales en otros pacientes. En gran cantidad de ocasiones, cuando los pacientes con demencia han perdido la capacidad de comunicarse, estos comportamientos se achacan a la propia demencia; sin embargo, pueden ser la manifestación de otra realidad subyacente y no diagnosticada: el dolor.

“Hay que tener en cuenta que las personas mayores con demencia no dejan de ser personas mayores y que, con el envejecimiento aumenta la incidencia y prevalencia de enfermedades crónicas generadoras de dolor de características persistentes. El hecho de tener demencia no elimina el dolor, pero sí resta posibilidades de comunicarlo. Por eso es un problema de salud pública y por eso se debe valorar, o por lo menos pensar, que una persona con demencia pueda tener dolor”. Estas declaraciones las ha manifestado Iñaki Artaza, médico geriatra, en el seno de la VII edición del Congreso Nacional de la Sociedad Española de Médicos de Residencias (SEMER) que durante el 26 y el 27 de octubre se celebra en Bilbao.

Diferentes estudios estiman la prevalencia de la demencia en institución entre un 30 y un 75% de los mayores ingresados, incluyendo todos los estadios evolutivos. Por otro lado, la gran mayoría de las personas con demencia son cuidadas por familiares en sus hogares. Esto da una idea de las dimensiones de esta realidad. “El dolor en una persona mayor que no es capaz de comunicar lo que le pasa porque tiene una demencia puede llegar a producir trastornos de conducta —gritos y similares—, depresión, ansiedad o deterioro funcional. Si todas esas cosas no se saben valorar, se está cometiendo un grave error con el paciente. Para mí, tratar el dolor de una persona que no es capaz de comunicarlo, me parece una urgencia, porque estar con dolor es terrible”.

Valoración del daño en el paciente con demencia

Según el experto, en la ponencia sobre Valoración y tratamiento del dolor en la demencia que se celebra en la mesa redonda Deterioro neurológico del VII Congreso de la SEMER, en la valoración del dolor influye la gravedad de la demencia. “Si el paciente tiene una demencia en estadio leve, generalmente no tiene problemas de comunicación. El problema aparece cuando el paciente ha perdido esa capacidad. En ese caso, los responsables de la atención a personas con demencia tenemos que utilizar escalas observacionales, que valoran determinados gestos y determinadas conductas del paciente que pueden ser sospechosas de dolor”.

Entre estas conductas y gestos pueden estar “por ejemplo, fruncir el ceño, gritar, respirar con dificultad y aceleradamente, gemir, estar triste, tenso”. Si la persona todavía no ha perdido la capacidad de caminar, “hay que valorar un incremento de una conducta motora aberrante previa, es decir, valorar si anda de manera más ansiosa e intranquila”. Si la persona está en la cama, observar: “si está con los puños cerrados, si agarra fuerte las sábanas con las manos, si hace movimientos con las piernas… Todas éstas son conductas que a nosotros nos pueden hacer sospechar que esa persona tiene dolor”.

Para evaluar todas estas manifestaciones, Iñaki Artaza habla en su ponencia de tres escalas principales que se emplean en estos casos: una procedente de EE. UU., otra de Canadá y otra francesa. “Estas escalas valoran la respiración, la capacidad de emitir ruidos, la expresión facial, el lenguaje corporal e incluso, si con alguna expresión del cuidador o del médico el paciente obtiene un consuelo —una disminución de ese dolor— o no”.

Familiar y cuidador

El cuidador es muchas veces la persona que más conoce a su familiar, pero muchas veces el hecho de la sobrecarga hace que llegue un momento en el que no pueda o no sepa sopesar este tipo de situaciones. “Por eso hace falta una valoración y esa valoración la tiene que hacer un médico, un médico que sepa de ancianos, y preferentemente, un médico geriatra”.

“Si no somos capaces de valorar eso, igual lo atribuimos sólo a la demencia y muchas veces una situación de agresividad puede estar motivada por un dolor crónico. Teniendo en cuenta que las personas mayores con demencia no dejan de ser personas mayores y que, a medida que envejecemos la frecuencia de aparición de un dolor crónico de características persistentes es mayor, es conveniente que estas situaciones sean valoradas por especialista”.

En ocasiones, ante la dificultad de la valoración del dolor en la génesis de un trastorno de conducta se puede hacer una prueba terapéutica, “es decir darle un analgésico a una persona con demencia y valorar la respuesta. Seguramente nos sorprenderíamos viendo que en muchas ocasiones esa persona dejaría de gritar o de tener un comportamiento agresivo, etc.”.

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