La oración del ateo  

 

Oye mi ruego Tú, Dios que no existes,

y en tu nada recoges estas mis quejas,

Tú que a los pobres hombres nunca dejas

sin consuelo de engaño. No resistes

a nuestro ruego y nuestro anhelo vistes.

 

Cuando Tú de mi mente más te alejas,

más recuerdo las plácidas consejas

con que mi alma endulzóme noches tristes.

 

¡Qué grande eres, mi Dios! Eres tan grande

que no eres sino Idea; es muy angosta

la realidad por mucho que se expande

para abarcarte. Sufro yo a tu costa,

Dios no existente, pues si Tú existieras

existiría yo también de veras.

 

                                     [Unamuno: 98, 99]

 

 

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