César Vallejo, por su parte, escribiría:

 

Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!

Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,

la resaca de todo lo sufrido

se empozara en el alma… ¡Yo no sé!

 

                     Son las caídas hondas de los Cristos del alma,

de alguna fe adorable que el Destino blasfema.

 

 Yo nací un día

que Dios estuvo enfermo.

 

Hay un vacío

en mi aire metafísico

que nadie ha de palpar:

el claustro de un silencio

que habló a flor de fuego.

 

Yo nací un día

que Dios estuvo enfermo.

 

Todos saben que vivo,

que mastico… Y no saben

por qué en mi verso chirrían,

oscuro sinsabor de féretro,

luyidos vientos

desenroscados de la Esfinge

preguntona del Desierto.

 

Yo nací un día

que Dios estuvo enfermo,

grave.

 

                                     [Vallejo: 114, 115]

 

 

 

 

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